Por María de los Ángeles Fernández.
Siendo adolescente, cuando no pasaba por mi mente la posibilidad de vivir en un país llamado Chile, y menos la de acogerme algún día a su nacionalidad, escuché dos referencias al pasar que quedaron alojadas en la trastienda de mi memoria. La primera,que sus habitantes se distinguían por un alto espíritu cívico que se expresaba en la forma en que cumplían con su deber de votar. La segundalo destacaba como el lugar más culto de América Latina porque la mayoría habría leído La montaña mágica de Thomas Mann. Exageradas o no, ambas muestran hoy su contracara: desde 1990 se observa una baja sostenida de los niveles de participación electoral y, por otra parte, si bien seguimos siendo un país relativamente lector, la comprensión de lo que leemos está al debe dado que existe un extendido analfabetismo funcional.
En este marco, si bien forma parte de la habilidad de toda elite proyectar una imagen de sí misma como si fuera la del país entero, el caso de Chile es singular. El manejo de la transición nos elevó a la categoría de modelo, a pesar de ser un país de modesta escala. Últimamente la desaceleración ha servido para que se nos recuerde que nuestro ambiente fiscal macro nos posiciona mejor para enfrentar la inestabilidad del entorno global. Pero no todo es economía. Hace algunos años, con el auge de la diplomacia pública y la llamada “marca país”, fui consultada sobre unas piezas gráficas que formarían parte de una campaña. Luego de exhibir láminas no muy imaginativas con paisajes extremos y cajas con uvas y manzanas, llegó el turno de una mujer mapuche con su trapelacucha. Me pareció tan artificial como un implante dental. ¿Pretende Chile comunicar raigambre indígena cuando no termina por reconocer su condición pluricultural?
En ese tiempo existía todavía un control relativo de la imagen hasta que se nos ocurrió ingresar a la Ocde. Con ello se inició el ciclo de sinceramientos en el que nos encontramos, pese a los intentos de algunos por mantener apariencias. Supimos que, al contrastarnos con el resto de los países de dicho club, nuestra desigualdad nos hacía pasar de cabeza de ratón  a cola de león. Es por ello que resulta llamativo que el empresario Salvador Said, en alusión indirecta a las reformas en curso, señale que la incertidumbre que generan “estaría poniendo en riesgo nuestro prestigio, ganado por el respeto a las reglas y el funcionamiento de nuestras instituciones”.
Al leerlo no pude evitar recordar la anunciada demolición y construcción desde cero del puente Cau Cau, en Valdivia, que costará $ 40 mil millones de pesos. La obra vio pasar a ocho titulares de Obras Públicas, lo que indica que, más que torpezas puntuales, asistimos a problemas estructurales dentro del Estado. O la mirada indiferente que genera el cansancio con que los santiaguinos esperan, agolpados en los paraderos, la llegada de algún desvencijado bus del Transantiago. Este desacople, alimentado por situaciones similares y recurrentes, llevan a preguntarse cómo los países construyen su eventual prestigio pero, también,  cómo ello pudiera llegar a ser un aspecto más de la brecha entre la elite y la ciudadanía.
Columna publicada originalmente en Voces de La Tercera.