Little emotional girl walks in a summer forest in a dress

¿Por qué grita esa mujer?

En el hall de entrada del edificio había una mujer con dos niños de edades similares. Esperaban a alguien. Los niños -una chica y un chico- descubrieron que podían jugar a subir y bajar la escalera, corriendo y saltando. La mujer -su abuela o tal vez su niñera- seguramente quiso evitar un accidente y le habló a la niña con ternura, no como quien advierte o amenaza, sino del mismo modo en que se confía un secreto: “Las princesas no saltan, las princesas se quedan abajo”, le dijo. Tal vez yo hubiera hecho lo mismo, inventarles una norma de fantasía, con tal de librarme del alboroto de dos niños corriendo sin control por la escalera de un edificio. El gesto me llamó la atención por un detalle: al chico no le sugirió nada. Para el varón no había una norma secreta que compartir para que se calmara; a él sólo le repetía que tuviera cuidado, que se agarrara del larguero o que saltara los peldaños seguidos, sin correr peligro. Ambos tenían edades similares, ambos parecían sanos, pero algo los hacía distintos. Las princesas se quedan quietas, repitió la mujer, y la niña obedeció y permaneció en silencio mirando cómo el varón se divertía.

Las niñas son así, se visten de rosado, juegan con muñecas, leen cuentos de príncipes que las hacen felices y de malvadas rivales -siempre mujeres- que buscan apartarlas de ellos o usurparles la belleza, aquello -tal vez lo único- que las hace ser especiales. Las chicas son dóciles, huelen a frutilla, nunca transpiran y hablan cosas de chicas. ¿Conoces alguna niña que sepa de fútbol o de algún asunto así de importante? Las niñas coleccionan peluches y ensayan coreografías en ese universo menor reservado para ellas, una cosmogonía decorada con muñecas que simulan ser guaguas a las que cuidar o supermodelos para imitar. Jugar a ser adulta significa jugar a ser madre, a ser flaca, rubia y perpetuamente joven. La piel tersa, el pelo brillante, los pechos hinchados y los labios dispuestos.

“Hágale caso a su hermano, atienda a su padre, mantenga contento a su marido, no vaya a ser cosa que mire para el lado y usted termine sola”, es lo que se dice para aconsejar.

“Pareces una niñita, no seas mujercita”, es lo que se dice para ofender.

Las niñas no son inteligentes, ni menos aún brillantes: son aplicadas y habilosas y, en el mejor de los casos, hasta piadosas. Las mujeres como superheroínas suelen ser sólo la costilla de un superhéroe -la hermana, la novia, una versión femenina del original masculino- y como villanas, el subproducto de una relación fallida que las frustra y envilece. La religión dominante les procura un lugar discreto, inmaculado y silente. Elijan: o el placer o el respeto. Las dos cosas no son posibles a la vez, por eso es que hay que esconder a la Gabriela Mistral más erotizada y sólo sacar de paseo a la mujer de las rondas. Una mujer admirable no desea, sólo sufre y ofrenda su tormento por el bien de otros. En la misma lógica, una mujer golpeada por su marido puede que no sea una víctima de la violencia de un hombre, sino de los celos que ella provoca mostrándose como no debiera hacerlo.

En el epígrafe del libro Chicas muertas, de la escritora Selva Almada, hay unos versos de la poeta transandina Susana Thénon. Los versos recrean un diálogo. Alguien advierte que hay una mujer gritando: “Esa mujer, ¿por qué grita?”. Se pregunta una voz. Como respuesta sólo logra evasivas. El libro de Almada -¿literatura femenina, una versión grácil de la real y masculina?- es el relato de la muerte de tres adolescentes que debían haberse estado quietas, que debieron obedecer a un hombre o varios, pero no lo hicieron y fueron asesinadas. Tres mujeres que como Nabila Rifo -la mujer salvajemente golpeada y mutilada por su expareja en Coyhaique- crecieron en un mundo en donde las princesas han escuchado una y otra vez las instrucciones que les indican el lugar al que pertenecen. Un lugar en donde sus gritos serán acallados por la fuerza de la costumbre; en donde la brutalidad puede ser un hábito que se enseña con la inadvertida impunidad con que se da un consejo tierno o se lee un cuento de hadas.

Además de un enfoque en la diplomacia feminista global, todos debemos participar en otro poderoso motor del cambio social: la economía.

Las mujeres hacen o influyen en el 80% de todas las decisiones de consumo a nivel mundial. Las mujeres son el mercado emergente más grande que el mundo haya visto. Sin embargo, mundialmente solo entre el 5 y el 15% de las mujeres ocupan puestos ejecutivos en el sector privado. Es decir, ejecutivos varones toman decisiones estratégicas sobre los productos y servicios, sin tener la posición de realmente comprender las preferencias de sus propios consumidores.

Las mujeres no pueden ser tratadas como un interés especial si son propietarias e influyen sobre más del 50% de las decisiones económicas.

Otros informes sugieren que hay una fuerte correlación entre la diversidad en puestos superiores y la rentabilidad para el accionista. Consejos de administración heterogéneos y balanceados son más exitosos y estas empresas también obtienen mejores resultados en la salud organizacional. Pero el 85% de los funcionarios de las empresas listadas en Fortune 500 son hombres, lo cual no ha cambiado desde el año 2005.

En lo macroeconómico, los países que han sido capaces de cerrar la brecha de género en el mercado laboral han experimentado un mayor crecimiento y una mayor competitividad. Todos se benefician cuando las mujeres ingresan a la fuerza laboral. Las mujeres son más propensas en gastar el dinero de la familia en la nutrición, la medicina y la vivienda, y en consecuencia los niños son más saludables. Las mujeres también invierten un mayor porcentaje de sus ingresos en la educación de sus hijos que los hombres.

Pero, ¿cuánto podría ganar una economía si la participación laboral de las mujeres fuera la misma que la de los hombres? El PIB nacional en los EE.UU. aumentaría un 5%, en Japón el 9% y en Egipto, más de un tercio, o el 34%. Ya, el 25% del PIB de los Estados Unidos en los últimos 25 años es el resultado de la mayor participación de las mujeres en la fuerza laboral.

En América Latina, la entrada de las mujeres en el mercado laboral ha aumentado considerablemente el PIB, pero aún queda mucho por hacer. En Chile por ejemplo, solo el 47% de las mujeres trabajaba en el 2013. Imagínense cuánto podría crecer el PIB si Chile tuviera el mismo nivel que Suecia, es decir 77%. Si el sueldo fuera igual por el mismo trabajo, el PIB también aumentaría drásticamente. El PIB de EE.UU. podría ser de hasta un 9% más alto.

Y la desigualdad en la innovación y la investigación es igual de asombrosa. Más de la mitad de todos los graduados universitarios en Europa y en los EE.UU. son mujeres y el 45% de todos los doctorados son mujeres. Pero las mujeres solo representan el 18% de los puestos de investigación de alto nivel. El mundo está dejando de lado un 25-30% de su gente más talentosa en las decisiones de la futura investigación.

Para combatir los estereotipos de género que existen no solo podemos contar las historias defensivas de la desigualdad, no importa cuán importantes sean. Desde un punto de vista econométrico hay datos suficientes que sugieren que el mundo y las empresas individuales serán más ricos y más sabios con una participación más igualitaria.

Es por eso que apoyamos la iniciativa de Chile de organizar una cumbre de alto nivel sobre liderazgo femenino, donde participará la ministra de Igualdad de Género de Suecia. Nuestra contribución será la realización de un seminario sobre el rol del hombre en el trabajo hacia la equidad de género.

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