Magdalena_Valdes

“En Chile hablan siempre los mismos cinco gallos”

Pertenece a la generación que gozó de todas las bondades del desarrollo noruego; se formó en la oscura Colombia de los 80, y Chile fue su primera misión como embajadora. Este es su recuento antes de partir.

Por Ximena Torres Cautivo

El 29 de junio pasado, a los 93 años, murió Frode Nielsen, el noruego que vino a Chile para convertir la embajada de su país en refugio y vía de escape de perseguidos políticos tras el golpe militar. “El Schindler noruego”, lo bautizaron. Al irse de Chile, en 1982, tras menos de una década, el diplomático había sacado del país a unos 1.300 opositores, salvándolos de la prisión, la tortura y eventualmente de la muerte.

Este próximo 29 de julio, su atractiva colega Hege Araldsen (57), actual embajadora, terminará su misión y volverá a Oslo después de 4 años “extraordinarios”, gracias a lo que denomina “el factor Nielsen”. Dice: “Es fácil ser embajadora de mi país en Chile. Hay una simpatía evidente entre ambos pueblos. Yo he llegado a explicármelo por el rol que jugó el embajador Nielsen. En mayo dimos en el GAM una obra de teatro sobre su labor durante el gobierno militar. La presentamos con jóvenes actores noruegos y se percibía en la sala cómo lo que él hizo toca los corazones chilenos”.

La residencia de la avenida Américo Vespucio donde han vivido Hege y su marido es la misma que habilitó Nielsen. “Es una casa antigua, con cuartos muy espaciosos, donde en algún momento se albergó hasta a 30 personas a la vez, mientras se conseguían los salvoconductos y papeles necesarios para su acceso a Noruega”.

A fines de los 70, en ese pequeño y próspero país —que hoy tiene poco más de 5 millones de habitantes y el segundo ingreso per cápita más alto del mundo (62.500 dólares)—, la colonia de chilenos llegó a unas 5 mil personas. “Era la más numerosa junto con la vietnamita.

Los chilenos llegaron post golpe y los vietnamitas, post guerra. Luego vinieron los turcos y los paquistaníes, fruto de políticas de importación de mano de obra. Y, más recientemente, se han sumado los marroquíes y los somalíes, como refugiados”.

—¿Cómo los reciben? ¿Hay racismo en Noruega?

—Claro que hay, pero el gran debate hoy se centra en la consecuencia de la lucha contra el terrorismo, en la polarización entre el mundo musulmán y el occidental. A esto se suma la crisis de los estados de bienestar, que están siendo repensados y que menos funcionan si se tiene una ola de migración. Más que a la diferencia racial, la gente teme a la amenaza económica.

La embajadora cree en la integración. Dice que su hijo, de 24, que vive en Oslo, “tiene puros amigos de nombres raros, porque creció en un barrio de inmigrantes. Hoy hay menos integración que antes y se han creado guetos, lo que es muy desafortunado”.

Colombia y el espejo

Hege explica su vocación por el servicio exterior en el pasado marinero de su familia, que era del sur de su país. “Eso de buscar más allá del mar está en la cultura familiar y marcó mis decisiones”. La nuclear —ella, su hermana mayor y sus padres— vivió en Oslo y era la típica familia de los 60, cuando las políticas aplicadas después de la Segunda Guerra estaban convirtiendo a Noruega en un país líder en desarrollo económico y social. “Con mi hermana somos representantes de la generación del postre. Esa a la que todo se le dio dulce”.

Era una profesional joven en la ONU, cuando su país la postuló como candidata a trabajar en la Unicef. Fue aceptada y destinada a Colombia en los 80, cuando campeaba el narcotráfico. “Era una época muy difícil en Colombia, pero son también los años más importantes de mi vida, cuando más he aprendido. Para mí fue muy enriquecedor salir del mi hábitat y mirarme en nuevos espejos. Vi cosas de mí misma que antes no había percibido.

—¿Qué descubriste?

—Haber crecido en Noruega, en un mundo tan protegido y próspero, pensando que la vida era fácil, me hizo confrontarme con la realidad. Yo era muy ingenua, en muchos sentidos. Ese despertar fue muy importante. Conocí la pobreza, la violencia, el narcotráfico. Me enfrenté a la falta de Estado en muchas zonas del país, a la ausencia total de derechos y de protección.

Aprendió el español casi perfecto que habla y se enamoró de quien hoy sigue siendo su marido y es el padre de su hijo y de dos hijas propias que él sumó a la familia. “Ellas me han dado nietas, pero no soy abuela; es importante distinguir”, dice, coqueta.

Tras 5 años en Colombia, volvió a Oslo, donde creció su hijo y su marido sudamericano fundó un centro de voluntarios para integrar a los hijos de inmigrantes. Luego fue trasladada a Madrid y de ahí, hace 4 años, a Santiago como embajadora.

—¿Cómo es para una nórdica enfrentarse al machismo latino?

—Es muy diferente ser una mujer del Norte en América Latina, más como embajadora; hay un trato muy distinto al que se da a las mujeres locales. Pero el machismo está en todas partes, aunque se exprese de distinta manera. En todo el mundo hay modos de dominar a las mujeres, de ponerlas sutilmente en un espacio inferior. Esa es una cuestión atávica.

—¿Cómo percibes el machismo en Chile?

—La invisibilidad de las mujeres en el mundo público es bien evidente para una noruega como yo. Cuando llegué, poco después del inicio de la campaña electoral, al escuchar los debates políticos, me daba cuenta de que los que hablaban eran en su mayoría hombres. Pese a que había candidatas presidenciales, me preguntaba cuán interpretadas se sentían las chilenas en esas discusiones. Me impresiona que en Chile sean siempre los mismos cinco gallos los que opinan —dice, tajante, sorprendiéndonos al usar con su qué la jerga zoológica local.

El challenge de Hillary

Hege es tan evolucionada, que su marido no ha trabajado en Chile. Se ha dedicado a acompañarla. “A andar en bicicleta por la ciudad y a estudiar medicina tradicional china”. No se define feminista, pero cree en luchar para que las mujeres tengan el espacio que les corresponde. “Para eso se requiere un empujón. Nos enfrentamos contra la fuerza de la historia, y cambiar no es fácil. Los hombres no lo harán por nosotras”.

—¿Sirve tener a una presidenta mujer, como es el caso de Chile?

—Simbólicamente, sí. Pero el desafío es trasladar ese símbolo a la estructura de la sociedad. Si Hillary Clinton gana las elecciones en Estados Unidos, será de un tremendo valor simbólico, tal como fue la elección de Obama en términos raciales. Pero cómo Hillary llevará adelante una política integral de participación femenina, no lo sé. Ese es su gran challenge.

Noruega tiene una participación laboral femenina cercana al 77%, casi un 50% de mujeres en el gobierno y un 41,6% de los directorios de empresas. “¿Por qué lideramos los índices de igualdad? Porque después de la Segunda Guerra se promovió la participación de todos. No nos podíamos dar el lujo de desperdiciar mano de obra. La clave estuvo en apostar por el recurso humano, sin distinción de sexo. Fue la mejor política económica que se pudo implementar”.

La embajadora admira a Gro Harlem Brundtland, la primera mujer en ser jefa de Estado de su país. “En 1986, Gro hizo su primer gobierno paritario: 10 hombres, 8 mujeres; y eso, hace 30 años, fue un logro mundial. Lo hizo por puro pragmatismo político, porque para el desarrollo se necesita a todos. Definió políticas públicas para que la mujer pudiera ser un actor relevante en la sociedad y para que, junto con los hombres, asumiera la responsabilidad de los hijos con apoyo estatal. Hablo de horarios laborales, licencias paterna y materna pre y posnatal, educación reproductiva, aborto. Hoy, los hombres de 30 y menos asumen de manera más natural las responsabilidades compartidas en casa y con los hijos”.

En Chile, para combatir la invisibilidad de las chilenas, Hege y su gobierno apoyaron la creación de la plataforma digital Haymujeres.cl, una suerte de directorio de profesionales y especialistas con las que se podría poblar seminarios y programas de TV, en vez de recurrir “a los mismos 5 gallos de siempre“.

Fuente: Diario La Segunda 22/07/2016

Comments are closed.