Group of business people with leader at front

EN TIEMPOS en que la ideas acerca del liderazgo están trilladas, al punto de convencernos de que es posible llegar a ser líder con uno que otro seminario exprés, el fallecimiento de Patricio Aylwin nos obliga a revisitar el significado de dicho concepto. El primer presidente de la historia democrática reciente de Chile es percibido unánimemente como un líder por moros y cristianos. No es poco porque no abundan las posiciones unánimes. Aunque se tiende a pensar que le favorecieron las condiciones de contexto por cuanto variados sectores depusieron sus legítimas aspiraciones en aras del anhelo por instalar la naciente democracia, éstas tampoco eran un lecho de rosas. Antes bien, deparaba amenazas expresadas en episodios como el “boinazo” y los “ejercicios de enlace”. Por tanto, la epifanía como algunos nostálgicos observan esa época correspondió más bien a la necesidad de conducir la nave del gobierno entre Escila y Caribdis, desde el mar tormentoso del régimen militar hacia otro no menos proceloso debido a la amenaza constante de regresión autoritaria y con un general Pinochet que continuaría por ocho años más a la cabeza del Ejército.

Su liderazgo no se explica solamente por la fortuna sino por su interrelación con la virtud, habida cuenta de su carácter polisémico en Maquiavelo. En este plano, resalta su capacidad para armar equipos y su espíritu colegiado. Es probable que Aylwin presidente no se entienda sin Edgardo Boeninger, su ministro Secretario General de la Presidencia y  porque además, más allá de  las estructuras formales, existieron mecanismos informales tales como el llamado “partido transversal”, que lograba convivir con los partidos de la coalición y que viabilizó el buen desempeño del presidencialismo en ese particular momento. Lo concreto es la creación de un equipo político estable, colaborativo y cohesionado para una administración de excepción que, según estudiosos de la política, no se ha vuelto a repetir.

Otro elemento que lo convierte en líder, por contraste con la selfiemania de la era digital, es la modestia. Tuve la oportunidad de compartir con él en un seminario titulado “Liderazgo político en las sociedades modernas” realizado en 2006 en Veracruz. En ese marco, de manera inédita, se incluyó una mesa sobre liderazgo político y género a la que fui invitada a exponer acerca del caso de la debutante presidenta Michelle Bachelet. A él le correspondió dictar la clase magistral titulada “¿Qué es un líder político?”. A la pregunta acerca de cómo había surgido su liderato, afirmó que sinceramente creía en aquello que enseña Ortega y Gasset cuando se define a sí mismo “yo soy yo y mis circunstancias”. Estas, que lo habían convertido en el líder de la Concertación de Partidos por la Democracia, habían sido “la de ser presidente y principal líder del Partido Demócrata Cristiano que, por la magnitud de su militancia y por su posición política, era la colectividad que tenía mayor ascendiente en la oposición a la dictadura”. Beber de la inspiración que emana de su figura  bien puede ser, para dicho partido, un recurso entre varios para responder a los dilemas de identidad por los que atraviesa.  

Fuente: María de los Ángeles Fernández, Blog Voces de La Tercera