Sick woman sitting on self isolation

Reflexiones desde mi ventana

Si algo ha puesto de manifiesto esta pandemia mundial de la COVID-19 es que somos seres dependientes. Dependemos de las demás personas para crecer, para sentir, para vivir. Nos desarrollamos como seres humanos precisamente porque otros humanos nos traen al mundo, porque las generaciones que nos preceden nos socializan, nos enseñan, nos hacen humanos. Sin esas personas cuidándonos desde que nacemos, nuestra humanidad sería un imposible. La crianza en soledad no es viable porque lo que nos hace humanos es haber sido “construidos” entre humanos. Si nadie nos enseña una lengua, no hablaremos ninguna. Si nadie nos enseña a caminar, no andaremos erguidos. Si nadie nos enseña a pensar, nuestra mente será limitada. Si nadie canta, baila, pinta, recita a nuestro alrededor, nuestras capacidades artísticas no existirán. Si nadie nos besa, nos abraza y nos acaricia, no seremos seres emocionales. Sin nadie a nuestro lado, nuestra humanidad se reduciría a una potencialidad no desarrollada.

Sin embargo, vivimos una época que ensalza la individualidad como un bien preciado. La independencia como una necesidad absoluta. Por eso, esta pandemia nos ha puesto frente al espejo y su reflejo nos devuelve la fragilidad de estos argumentos y la fantasía que supone vivir sin la cercanía, el contacto y el aliento de los demás a nuestro lado. Se nos impulsa a la independencia, pero no somos capaces de estar solos.

Cada persona somos el producto de una compleja ecuación, en la que se combinan el tiempo, los espacios y las personas que han estado, están y estarán en nuestra vida. Todas las generaciones son imprescindibles en el recorrido de cada vida. Ahora echamos de menos a nuestros abuelos y abuelas, a nuestros padres y madres, a nuestros hermanos y hermanas, a nuestros hijos e hijas, a nuestros nietos y nietas…a nuestros amigos y amigas. Los vemos y escuchamos a través de nuestros teléfonos y ordenadores, pero no los podemos tocar. No los podemos abrazar. No los podemos besar. No los podemos oler. Forman parte de nosotros, como los distantes personajes de una película en una pantalla. Solo con nuestra imaginación podemos recordar las sensaciones de su olor y su tacto.

Lo cierto es que la tecnología de las comunicaciones acerca personas, pone en contacto a quienes están en la otra punta del mundo, nos permite estudiar y trabajar sin movernos de casa, hacer consultas sobre nuestro estado de salud si tenemos malestares o dolores, nos informa de lo que sucede en cualquier lugar en tiempo real, nos ofrece visitas virtuales por museos, parques naturales, monumentos…

Pero nunca pensamos que todos estos avances los íbamos a disfrutar con la condición de no volver a tener contacto humano. Porque es estupendo poder hablar y ver a través de un teléfono inteligente a una amiga que vive a 5000 kilómetros, ¿pero estamos preparados para no volver a hablar y ver en persona a esa amiga? Es estupendo poder estudiar desde casa, pero ¿en esta circunstancia no nos perdemos nada? ¿los y las estudiantes solo van al colegio  para estudiar? ¿acaso no se socializan en la interacción en las aulas? Es estupendo poder consultar con un/a médico/a una dolencia a través de una plataforma virtual, ¿pero dónde queda entonces la humanización de la salud a la que llevamos décadas dedicando tiempo para mejorar el trato personal entre médico/a-paciente? Es estupendo que podamos estar conectados a través de internet ¿pero no es precisamente uno de los mayores riesgos prescindir de las relaciones sociales y centrarse en las redes virtuales?

La tecnología ha llegado para quedarse, pero tenemos que reflexionar sobre cómo queremos utilizarla, para qué nos sirve y quiénes acceden a ella. Esta pandemia está poniendo de manifiesto algunas cuestiones sobre las que me gustaría reflexionar.

Una de ellas es que parece estar en nuestra naturaleza como seres humanos crear ídolos de barro. Las TIC se han convertido en el siglo XXI en nuestro vellocino de oro, pero no están al alcance de todo el mundo. El confinamiento en nuestras casas como medida para evitar el contagio y la propagación de la COVID-19 pone de manifiesto precisamente las desigualdades sociales, económicas, territoriales, generacionales. Los equipamientos tecnológicos no son los mismos en todas las familias y hogares. El lema “quédate en casa” está suponiendo para muchas familias con niños/as, adolescentes y jóvenes, quédate sin los recursos de los que disfrutabas en la escuela, sobre todo para los/as estudiantes de la escuela pública. No solo me refiero a recursos tecnológicos, sino también a las becas de comedor, al contacto con el profesorado, a las bibliotecas públicas… Por eso cuando se defiende la escuela pública, se defiende por encima de todo la justicia social, la equidad en el acceso a los recursos y la reducción de las desigualdades socioeconómicas. Hay un anuncio publicitario de una marca que dice que la persona que llegará a Marte ya ha nacido, la escuela pública da la oportunidad de que esa persona pueda estar en sus aulas, porque el talento, la inteligencia y la motivación se desarrollan con recursos y con un entorno que potencie las capacidades. Tampoco en todos los territorios el acceso a las TIC es el mismo. Las zonas rurales, lo que conocemos como “la España vaciada” abarca muchas localidades pequeñas, algunas prácticamente despobladas con escasa cobertura de internet. Es en estos territorios en los que se evidencia que esta carencia se contrarresta con las redes vecinales que son las que mantienen en pie a sus habitantes que, en su mayoría, además son personas de edades avanzadas. Porque la edad también es otro factor de discriminación en el acceso a las TIC y es algo que también está mostrando este confinamiento.

Otra reflexión que me parece importante, es que esta pandemia ha evidenciado que la ciencia es imprescindible para la supervivencia de la especie humana, aunque habitualmente no ha recibido ni los recursos ni la relevancia social y política necesaria. Las personas que se dedican a la ciencia, a cualquier rama de las ciencias, -naturales, físicas, sociales, humanas- no son las personas a las que generalmente se escucha. Se ha puesto un altavoz a personas que en los medios de comunicación, las redes o internet dan su opinión, en muchas ocasiones, sin ningún conocimiento, sin ningún criterio, sin ningún análisis reflexivo y crítico, pero a las que se presta atención, credibilidad y respeto. Mientras, los/as científicos/as parecen estar olvidados en un limbo al que la sociedad no se asoma por falta de interés, no vaya a ser que les hagan pensar, y los políticos ignoran, no vaya a ser que les hagan tomar decisiones que desbaraten a esa sociedad adormecida que parece que solo necesita distraerse, divertirse, consumir y pasarlo bien.

En este confinamiento no hago más que repetirme preguntas que llevo haciéndome desde hace mucho tiempo. Especialmente en relación con mi país –España-. Un país que lleva décadas creando la “marca España” en relación con el turismo. Parece que solo podemos ofrecer al mundo y a nosotros mismos: playas, bares, hoteles,… pero no centros de investigación, innovación científica, universidades punteras, centros de formación profesional innovadores, potente tejido industrial y empresarial… Y qué casualidad que un virus ha puesto patas arriba este esquema nacional y ahora son los científicos, en este caso, de la sanidad, de la virología, de la epidemiología,…quienes marcan los pasos que debemos seguir si queremos sobrevivir de manera individual y como especie.

Además, en los Estados del Bienestar llevamos décadas sufriendo recortes constantes no solo en investigación, sino también en sanidad, educación, pensiones y servicios sociales. Cumpliendo un déficit imposible marcado por políticas neoliberales que han acentuado las desigualdades sociales y han aumentado la brecha entre las clases favorecidas y las más empobrecidas. Sometiendo a los países a reformas estructurales que limitan los derechos humanos e impiden una redistribución justa de la riqueza. Porque quienes se han enriquecido con estas reformas han sido solo unos pocos, con nombre propio: multinacionales y fondos buitre a los que se han entregado en bandeja de plata la gestión de la sanidad, de las residencias de personas mayores, se les ha permitido la adquisición de viviendas públicas para especular. Cuando salgo cada día a las 8 de la tarde a aplaudir a las personas que nos están salvando la vida, me pregunto cuántas personas de las que están aplaudiendo también lo hicieron cuando se estaba privatizando lo público en aras de una supuesta mejor gestión a costa de una reducción en recursos humanos, materiales y calidad de atención a la ciudadanía.

Mi última reflexión enlaza con la anterior. Todavía sigo impactada por la cantidad de millones de euros, de dólares que se han volcado en las economías mundiales. Las cifras son apabullantes. Y todavía estoy más impactada por cómo quienes hasta hace muy poco reclamaban la libertad de los mercados y la no intervención estatal para la regulación y reparto de la riqueza para generar un bienestar social, ahora son los abanderados de que el Estado nos tiene que salvar a todos, con todos los recursos que tenga a su alcance. Frases como “el Estado no puede dejar a nadie atrás” se han convertido en un mantra para quienes hasta hace dos días decían que el Estado no debe inmiscuirse en la regulación de los precios de los alquileres de las viviendas o de los sueldos de los directivos de las empresas. Para quienes les parecía muy conveniente la “externalización” de la gestión de la sanidad pública o de las residencias de personas mayores, en manos de grandes empresas que poco saben de salud, atención o cuidados y mucho de lucro especulativo. Para quienes la subvención del Estado a la escuela concertada en detrimento de la escuela pública, también les parecía un derecho fundamental, mientras que la petición de la gratuidad de los libros escolares o de la matrícula de la universidad eran postulados radicales.

En mi opinión, los momentos de crisis, como es éste en el que está inmerso el mundo entero, y como lo fue en 2008 la crisis del sistema financiero mundial, pone frente al espejo a las ideologías que defienden el mercado como único regulador de la riqueza y quiebra los principios en los que se apoyan. Sin Estados del Bienestar el mundo se tambalea. Y nuestra especie se dirige hacia su extinción. Además, la globalización económica actual que ha deslocalizado gran parte de la producción esencial de todos los países en una sola región del mundo –fundamentalmente China-, con el único objetivo de producir más barato, para poder consumir más, tras la pandemia, muestra la fragilidad que esto implica. Nos ha convertido en víctimas “mortales” de nuestra propia codicia.

¿Será éste el momento perfecto para romper definitivamente con este paradigma? ¿Seremos capaces de aprender algo como sociedad? ¿Seremos capaces de cambiar profundos errores en los que estamos tropezando constantemente? ¿Seremos capaces, la sociedad civil, de potenciar las relaciones intergeneracionales, la solidaridad comunitaria y las redes de cercanía para no depender de lo que sucede al otro lado del mundo? ¿Seremos conscientes de que la relación cara a cara es imprescindible para sobrevivir como humanos? ¿Seremos responsables definitivamente de cuidar nuestro medio ambiente, ahora que gracias al confinamiento el aire es más puro, las aguas están más limpias y las especies animales proliferan? ¿Seremos capaces de cambiar nuestra forma de consumir? ¿Nos volveremos más ciudadanos y menos consumidores? En una noticia se decía hace unos días que la economía mundial se está quebrando porque ahora “solo” estamos comprando lo que necesitamos.

Creo que es el momento de darnos cuenta de que tenemos muy pocas certezas y muchas preguntas que hacernos si queremos mejorar como especie sobre el planeta. Si no, también creo que antes o después otro virus vendrá, otra pandemia vendrá y si no hemos cambiado nada, posiblemente nos arrasará. Espero que demostremos que somos Homo Sapiens, es decir, una especie única sobre la Tierra, capaz de pensar, sentir y reflexionar. Ojalá esta pandemia nos haga reflexionar de verdad sobre qué somos y, especialmente, qué queremos ser.

 

Madrid, 20 de abril de 2020

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