one sad little boy standing near the window at the day time.

Sename: fracaso colectivo del cuidado

En colaboración con Rodrigo Venegas, académico y psicólogo (con trayectoria en Sename), especialista en prevención y tratamiento del abuso sexual infantil. Gracias también a Francisco Estrada, abogado, por conversar con nosotros.

No es la primera muerte, y no sabemos si será la última: la semana pasada, falleció una niña en un hogar dependiente del Servicio Nacional de Menores (Sename).

En los últimos 9 años, habrían muerto a lo menos 14 niños y niñas (en un período que incluye a un gobierno de derecha y dos de una misma presidenta). Desde que existe la institución -1979- cuántos obituarios no debieron ser. Una década de historia de Sename en dictadura, otros 26 años en democracia. Las diferencias que deberían haber sido inconmensurables. Pero los niños, la institución, permanecen frágiles.

Como país hemos fallado rotunda e inapelablemente. Sobre todo fallamos desde un Estado indolente al cual, como ciudadanos, no hemos sido capaces de conminar a actuar con la urgencia que hace mucho debió conferir a la protección de la infancia; de todo niño y niña que viva en Chile.

¿Cuántos niños, en 26 años de democracia, han sido abusados, o han muerto, mientras la política nacional para la infancia ha pasado por una y otra revisión/redacción/campaña/evaluación/trámite?

Ejecutivo y legislativo enmudecen por estos días (aunque nunca faltarán los “voceros” por la niñez que, en unas semanas, volverán a olvidarla completamente). La muerte de una niña, casi adolescente –su nombre dicen era Lisette-  pesa sobre sus espaldas y sobre las nuestras. No es un decir, no son “palabras para el bronce” (o para una lápida). El imperativo de cuidar es una responsabilidad de especie y cuando no evitamos sufrimientos que sí son, o habrían sido evitables a los más humanos más indefensos, el fracaso entonces, es asimismo compartido, colectivo, como asimismo debería ser asumida colectivamente la oportunidad de rectificar. Ante una muerte, no hay más oportunidades. Pero miles de niños viven todavía en centros de la red.

En un texto esencial, el académico y doctor en historia Osvaldo Torres (fundador de ACHNU, Bloque por la infancia, ver enlace U. de Chile para descarga) analiza el abandono de la niñez y comparte cifras difíciles de aceptar si quisiéramos creer en nuestras evoluciones como nación: al año 1986, el monto entregado a organizaciones colaboradoras de SENAME era de 197,908 pesos por cada niñx. En 1989, un año antes del retorno a la democracia, se redujo a $166,908. No todo se trata de dinero, es mucho más complejo, pero es un indicador que en algo ayuda a trazar este mapa negro y su calendario.

El proyecto de ley de garantías integrales para la infancia, muy publicitado (su debut #2 fue el pasado marzo, el #1 en septiempre 2015), presenta 14 indicaciones de “sujeción a disponibilidad presupuestaria” y una “sin gasto adicional”. ¿Cómo, entonces? Se trata de la niñez, ésa para la cual Gabriela Mistral decía que un colectivo honesto debía proveer abundantemente, con “derroche” inclusive (pero el derroche va por otro lado, y de la honestidad, qué podríamos decir por estos tiempos).

Dan ganas de gritar –y de escuchar también un grito desde la entraña de la institución hacia el país- al leer “se hizo todo lo posible” por salvar la vida de Lisette. Hace mucho tiempo que ya no se hace “todo lo posible”, que no hay cómo hacerlo. El estado de la red lo refleja; y en el centro donde murió la niña -como en muchos otros- es inconcebible que algo más de una decena (13) de funcionarios esté a cargo de cien niños quienes sólo por el hecho de encontrarse institucionalizados (sin siquiera considerar las causales de ingreso, siempre dolorosas), necesitan atención especial, energías mucho mayores. El “salvataje de vidas” es cotidiano y si no se ha asumido esa tarea con la mayor vocación y recursos, se arriesgan pérdidas. De más vidas, justamente.

¿De qué están hechas esas vidas? Abuso sexual, incesto, maltrato físico, explotación, negligencia, abandono y más: las llagas espirituales y heridas íntimas que traen niñas y niños al momento de ingresar a un centro residencial darían para imaginar la más dedicada de las acogidas. Pensemos cuándo uno de nuestros niños viene triste de regreso del colegio, o simplemente mojado por la lluvia, ¿qué hacemos, cómo expresamos nuestra disposición a contener?

En Chile, no es sólo “una nueva institucionalidad de infancia lo que se requiere”, como tanto se repite (y estamos hartos de escuchar). Lo que se necesita es un nuevo paradigma, desde el cuidado ético, el centro en el ser humano niño, sus necesidades, sus vínculos, y desde una relación profundamente respetuosa –desde el buen trato y la preservación de derechos íntegros para quien es más indefenso y no por serlo pierde una pizca de dignidad- entre ese “adulto enorme” que es el Estado, y las niñas y niños.

Chile tiene una de las tasas más altas de internación en Latinoamérica: anualmente Sename atiende a 15 mil niños en más de 300 centros de los cuales menos del 10% son de administración directa de la institución. La externalización de algo tan delicado como los hogares, vuelve exigibles la más concienzuda supervisión y mejora continua. En diciembre 2015, un informe de la auditoría realizada por Contraloría en 89 centros colaborativos , arroja diversas fallas en al menos 33. En algunos ni siquiera se contaba con la certeza de que los trabajadores no tuvieran antecedentes penales. La orientación a hacerlo bien, a fiscalizar, y la disposición a corregir pueden estar, pero Sename no da abasto.

A lo largo de estos años, olvidamos la cuenta de a cuántos parlamentarios o autoridades de la institución les hemos rogado que antes de decir nada, resolver nada, fueran a los hogares, pasaran un buen número de días y noches ahí (sin cámaras), tomando turnos de los funcionarios para entender cómo se desarrolla su trabajo, y sobre todo, para poder atender a los niños, acompañarlos en sus rutinas, escucharlos consagradamente, observar sus gestos, sus interacciones, sus silencios, sus luchas, sus horas de desvelo pensando en qué, en quiénes. Qué nostalgias perforadoras, esos minutos antes de dormir, si es que llegan a poder hacerlo. ¿Cómo sostener la confianza en que esa estadía será “sólo por un tiempo” cuando van tres, siete años, o más en la red SENAME?

El 2007 se inician fiscalizaciones integradas en los centros con participación de Ministerio Público, Defensoría Penal Pública, ONGs, Unicef, y en regiones, académicos de universidades. A partir de 2011 incorporan la pregunta sobre intentos de suicidio. En 2016, éstos habían aumentado en un 91% en la red y este índice no contempla lesiones auto-inferidas, o simulaciones, hijas de la desesperación también. Cuántos duelos, por más resiliencia que tenga un niño, pueden resistir un espíritu, un cuerpo que no termina de crecer y ha padecido lo que nosotros no viviremos en cien años.

Los suicidios no sólo aumentan en la red Sename, sino entre niños y adolescentes chilenos en general (son la segunda causa de muerte en el grupo de edad de 15 a 29 años, y además, nuestro país presenta una de las tasas más altas de depresión). La OMS alertó que el suicidio infantil lejos de disminuir, aumenta anualmente en dos naciones del mundo: la nuestra, y Corea del Sur. Se solicitó al gobierno de Chile una legislación urgente en salud mental (ver nota por favor). ¿Importará? ¿O continuaremos perdiendo niños? Los intentos de suicidio no vienen de la nada, y el aumento anual es una alarma que no puede ser desatendida ni abandonada, como tanto es abandonado cuando se trata de los niños y adolescentes que viven en CHile.

No conocemos la causa de muerte, y Lisette no murió de “pena” o abandono per se (no son causales médicas, por cierto) pero su dolor, sus quiebres, son parte de la historia (el corazón humano duele, se rompe) y, quién sabe, de las condiciones que pudieron precipitar su muerte. Es difícil descartar motivos (urge informe del SML); tanto como es irresponsable descartar negligencias, no sólo recientes sino históricas, de parte del Estado de Chile.

¿Qué hemos hecho por los niños de Sename, qué estamos haciendo?  El 2014, nuevo gobierno, comenzaba su período con la creación de un Consejo Nacional de la Infancia (cuya sola razón de existir era proponer un proyecto de protección integral, en un plazo máximo de 18 meses), un organismo percibido más bien como distante de Sename, un “hermano venido a menos”. Mientras, cundían los anuncios de “eliminación” o “división” del servicio, y el tono era terminal, no transformador: como si se tratara de derrumbar un puente viejo, y no de hacerse responsables de 131, 822 niños, niñas y adolescentes (ingresados al sistema al 2014 según datos del servicio). Antes de crear y financiar comisiones adhoc (¿en vistas a convertirse en Defensor del niño por default?), el apoyo mayor del Ejecutivo debió ser para Sename. Los niños, y una institución completa esperando. Todavía. 

Los niños, de Sename o cualquier niño y niña, no han sido importantes para nuestra democracia (y es una seña de lo mal que está): ni su cuidado, su educación, su presente/futuro.Tomó un cuarto de siglo –tiempo robado de muchas vidas- presentar un proyecto de ley que hace muy poco se vinculó a la “agenda larga” del gobierno. Cuántas más muertes serán “tolerables” en los diez años requeridos para materializarla. La pregunta es para el Estado de Chile.

Chile no es un país bueno para ser niño. Tampoco es un país bueno CON sus niños. Después de este rin imperdonable, del velorio, del entierro de Lisette, y todavía muy presentes en nuestro duelo, necesitamos poner el ser completo a disposición de apropiarnos de otro destino, y cuidar de verdad, si todavía estamos a tiempo.

Por Vinka Jackson

Fuente: Blog Voces de La Tercera.