Columna de María de los Ángeles Fernández.

De tener éxito en su aspiración presidencial, Hillary Clinton podría unirse a la nueva primera ministra británica Theresa May y a la canciller Angela Merkel para completar un panorama inédito:tres mujeres a cargo de tres de las principales potencias del mundo. pero aún estamos muy lejos de la igualdad.

El logro, por parte de Hillary Clinton, de la nominación presidencial del Partido Demócrata luego de haberlo intentado ocho años antes sin éxito, se ha visto eclipsado momentáneamente por los sucesos británicos. Nos referimos a los coletazos producidos por el referéndum de salida de la Unión Europea conocido como brexit, catapultando a una mujer como sucesora del dimitido primer ministro David Cameron. La llegada de Theresa May es igualmente una proeza, ya que Margaret Thatcher había sido la única jefa de gobierno en el Reino Unido. Las mujeres, hoy, están en primer plano. Es probable que enero próximo las vea comandando tres de las economías más gravitantes del mundo, sumando a la alemana Angela Merkel.

Tal coincidencia podría hacernos olvidar el hecho de que es algo excepcional que una mujer llegue a alcanzar tal posición. De 192 países miembros de la ONU, sólo diecinueve tienen mujeres en calidad de jefas de Estado o de gobierno. Esto contrasta con la tesis del historiador británico Niall Ferguson, quien señala que el ascenso de Donald Trump en Estados Unidos se explicaría como parte de una rebelión contra un cierto tipo de liderazgo político femenino, denominándolo “el auge de la política cavernícola”. De tal club formarían también parte otros mandatarios como Putin, Erdogan, Modi y Xi Jinping. América Latina muestra un rasgo distintivo. En los últimos 40 años, ha habido diez mujeres presidentas y, entre las diecinueve que gobiernan países al año 2015, cinco pertenecían a nuestra región, siendo Michelle Bachelet una de ellas.

Se ha señalado que Clinton tiene entre sus desafíos atraer a los seguidores de Bernie Sanders, su contrincante en las primarias; unificar al partido, preparar la campaña y nominar a su compañero de fórmula, la que podría recaer en la senadora por Massachusetts, Elizabeth Warren. ¿Significa que ya superó los obstáculos de género en una carrera hacia la Casa Blanca en la que veinte mujeres, desde Victoria Woodhull en 1872, la precedieron? La respuesta está lejos de ser categórica. Por un lado, las ideas que fluctúan acerca del liderazgo permanecen atadas a códigos masculinos, alimentadas por los estereotipos que proyectan los medios en la “era del terrorismo”. Algo que toda mujer debe contemplar, incluso alguien con abultadas credenciales y tan experimentada políticamente como Clinton, es la existencia de criterios de evaluación diferenciales para hombres y mujeres. Thatcher, a quien el feminismo no reclama precisamente como suya, no lo pudo decir mejor: “Cuando una mujer muestra tener carácter, le dicen que es infame; cuando un hombre muestra tener carácter le dicen ‘buen chico’”. Por otro, la sociedad norteamericana asiste a vibrantes debates, como los generados por los aportes de Sheryl Sandberg, con su libro Vayamos adelante o de Anne Marie Slaughter con el artículo “Por qué las mujeres no pueden tenerlo todo”. En ellos, entregan sus distintas visiones acerca de las barreras que enfrentan las mujeres. Clinton, en sí misma, es un ejemplo de progreso en la materia, yendo de menos a más. Ha prometido combatir la brecha salarial de género, apoyar a la comunidad LGBT y formar un gabinete paritario.

Si logra, además, frenar a Donald Trump, cuyo populismo y belicismo añadirían más tribulaciones a un orden mundial de por sí azaroso, la humanidad toda, y no sólo los estadounidenses, le deberá gratitud. De paso, añadiría a su país a la lista de aquellos que han elegido ser gobernados por mujeres.

Fuente: Revista Qué Pasa 15/07/2016